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sábado, 28 de febrero de 2009

La Promesa

¡Todo el oro del mundo parecía
Diluído en la tarde luminosa!
Apenas un crepúsculo de rosa,
La copa de los árboles teñía.

Un imprevisto amor, mi mano unía
A tu mano, morena y temblorosa.
¡Eramos Booz y Ruth ante la hermosa
Era que circundaba la alquería!.

"¿Me amarás?", murmuraste. Lenta y grave
Vibró en mis labios la promesa suave
De la dulce, la amante moabita.

Y fué como un ¡Amén! en ese instante
El toque de oración que alzó vibrante
La rítmica campana de la ermita.

Juana de Ibarbourou

Volverán Las Oscuras Golondrinas



Volverán las oscuras golondrinas
De tu balcón sus nidos a colgar
Y otra vez con el ala a sus cristales
Jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban
Tu hermosura y mi dicha a contemplar,
Aquellas que aprendieron nuestros nombres.
Esas, ¡no volverán!.

Volverán las tupidas madreselvas
De tu jardín las tapias a escalar
Y otra vez a la tarde aún más hermosas
Sus flores se abrirán.

Pero aquellas cuajadas de rocío
Cuyas gotas mirábamos temblar
Y caer como lágrimas del día,
Esas, ¡no volverán!.

Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar,
Tu corazón de su profundo sueño
Tal vez despertará.

Pero mudo y absorto y de rodillas,
Como se adora a Dios ante su altar,
Como yo te he querido desengáñate,
¡Nadie así te amará!.


Gustavo Adolfo Bécquer

miércoles, 25 de febrero de 2009

Alba de noche oscura




Sobre la luna inmóvil de un espejo,
celebra una redonda cofradía
de verdes pinos, tintos de oro viejo,
la transfiguración del rey del día.

La plata blanda, ayuna del reflejo,
muere ya. Del cristal -lámina fría-
dice la voz del vaho en agonía:
-Doró mi lengua el sol, ¿de qué me quejo?

La puertas del ocaso, ya cerradas,
tapina de luto el campo. Negros perros,
a lo que nadie sabe, ocultos, gritan.

Decapitando sueños, fatigadas,
sobre el túmulo alto de los cerros
las estrellas del valle se marchitan.


Rafael Alberti.

Cuando En La Noche Te Envuelven

Cuando en la noche te envuelven
Las alas de tul del sueño
Y tus tendidas pestañas
Semejan arcos de ébano,
Por escuchar los latidos
De tu corazón inquieto
Y reclinar tu dormida
Cabeza sobre mi pecho,
Diera, alma mía,
Cuanto poseo:
¡La luz, el aire,
Y el pensamiento!.

Cuando se clavan tus ojos
En un invisible objeto
Y tus labios ilumina
De una sonrisa el reflejo,
Por leer sobre tu frente
El callado pensamiento
Que pasa como la nube
Del mar sobre el ancho espejo,
Diera, alma mía,
Cuanto deseo:
¡La fama, el oro,
La gloria, el genio!.

Cuando enmudece tu lengua
Y se apresura tu aliento
Y tus mejillas se encienden
Y entornas tus ojos negros,
Por ver entre sus pestañas
Brillar con húmedo fuego
La ardiente chispa que brota
Del volcán de los deseos,
Diera, alma mía,
Por cuanto espero,
¡La fe, el espíritu,
La tierra, el cielo!.

Gustavo Adolfo Bécquer